¿Te puedo ayudar?
Es muy tentador. Cuando alguien nos hace daño, nos ignora o nos manipula, nuestro cerebro busca la etiqueta más rápida y popular de internet: "Es una persona tóxica".
Al decirlo, sentimos un alivio inmediato. Si él o ella es "tóxico/a" (como si fuera un residuo radiactivo), entonces yo soy la víctima. Yo soy el "bueno". Yo no tengo nada que ver con ese desastre.
Pero hoy, desde mi consulta en Burjassot, quiero darte una noticia que al principio puede molestarte, pero que a la larga te hará libre: La gente tóxica no existe.
Existen las conductas dañinas, sí. Existen las personas heridas que hieren, por supuesto. Pero, sobre todo, existen las Relaciones Disfuncionales.
Y entender la diferencia entre "persona tóxica" y "relación disfuncional" es la única llave real para dejar de sufrir por amor.
Cuando etiquetamos a alguien como "tóxico", estamos asumiendo que esa persona es mala por naturaleza y que nosotros somos receptores pasivos de su maldad. Nos quitamos el poder.
En la Terapia, trabajamos con un concepto clave: la Responsabilidad (o habilidad para responder).
Una relación no es algo que te ocurre; es un sistema que co-crean dos personas. Es como un baile. Si uno pisa, y el otro se deja pisar, el baile continúa. Si uno grita, y el otro calla (o grita más fuerte), el baile continúa.
Decir que la relación es disfuncional significa simplemente que el engranaje no funciona. Y para que un engranaje se atranque, a veces no hace falta maldad; a veces solo hace falta ignorancia emocional o incompatibilidad.
Si la gente tóxica no existe, ¿por qué sigo enganchada a alguien que me hace daño?
Aquí es donde entra el trabajo personal. No te quedas ahí porque seas masoquista, ni porque "te vaya la marcha". Te quedas ahí porque, probablemente, te faltan dos herramientas fundamentales que nadie te enseñó en la escuela:
1. La validación de tus necesidades A menudo, entramos en conflicto no porque el otro sea un monstruo, sino porque tenemos necesidades diferentes.
Quizás tú necesitas seguridad y cercanía constante.
Quizás él necesita mucha autonomía y soledad.
Ninguna de las dos necesidades es "mala". Pero si no sabes validar la tuya (decir "lo que yo necesito es legítimo"), intentarás adaptarte a la del otro, traicionándote a ti misma y acumulando rencor.
2. La capacidad de poner límites Un límite no es un castigo para el otro. Un límite es un acto de amor propio. Es decir: "Esto me duele, y porque me quiero, no voy a permitir que continúe en mi presencia".
Muchas personas aguantan conductas dañinas porque tienen la fantasía infantil de que, si aguantan lo suficiente, el otro cambiará. La realidad adulta es distinta: el otro solo cambiará si quiere. Tu único poder real es decidir si te quedas o te vas.
La buena noticia de que "la gente tóxica no existe" es que, si el problema es una dinámica de dos, tú tienes el 50% del poder para cambiarla.
No necesitas que el otro vaya a terapia para que tu vida mejore. No necesitas que el otro te pida perdón para sanar.
Solo necesitas cambiar tu paso en el baile.
Cuando tú empiezas a decir: "Esto es lo que necesito" y "Aquí pongo un límite", el sistema (la relación) se ve obligado a cambiar. Puede pasar dos cosas:
Que la relación evolucione: El otro entiende tu límite, lo respeta y la relación se vuelve sana (funcional).
Que la relación se rompa: El otro no puede o no quiere respetar tu necesidad, y la relación termina.
En ambos casos, tú ganas. Ganas paz, ganas dignidad y ganas coherencia.
Dejemos de buscar culpables y empecemos a buscar soluciones. Si sientes que siempre acabas en relaciones que no funcionan, o que te cuesta horrores decir "basta", quizás el problema no es la mala suerte con la "gente tóxica", sino una falta de entrenamiento en tus propias herramientas emocionales.
En terapia no cambiamos a tu pareja. Te damos las herramientas para que tú decidas qué tipo de baile quieres bailar.